La luna, tu piel, tus rizos brillando con la luz de la luna que atravesaba la ventana de esa pieza de paredes rojas donde se mezclaba la infancia, la adolescencia y en ti mi tronco emergiendo de las venas, deseosa de palparla en tu ternura de fuego intenso.
Era tu espalda estremeciéndose con la locura de mi lengua que como serpiente te recorría por tu cuello y bajaba por tu espalda para llenarse de fuego entre la carne de tus nalgas palpitantes.
Tus gemidos eran la aurora en medio de la madrugada y te hablaba al oído si querías todo y me decías que sí ¡Contigo toda la vida!, ¡Te amo, Te amo! al vaivén de tus caderas que se estremecían con el rasguño de mis uñas que te empujaban a mí y hacerte mía, sólo mía, vertiendo en ti la blanca sangre y tu, cerrando los ojos con esa risa ardiente de locura, de vida, de amor sin medida.
Tus gemidos eran la aurora en medio de la madrugada y te hablaba al oído si querías todo y me decías que sí ¡Contigo toda la vida!, ¡Te amo, Te amo! al vaivén de tus caderas que se estremecían con el rasguño de mis uñas que te empujaban a mí y hacerte mía, sólo mía, vertiendo en ti la blanca sangre y tu, cerrando los ojos con esa risa ardiente de locura, de vida, de amor sin medida.

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