La ciudad


Te escribo desde la soledad quemante,
arrinconado entre el recuerdo y el deseo, 
todo transcurre confuso, 
quisiera estar arriba de un edificio contemplando la ciudad
o tal vez caminando por las calles céntricas con sus esquinas de basuras, 
se mezcla el deseo caliente de abrir una puerta
y que me abracen cuerpos desconocidos, 
de que se cruce una mirada fogosa que me eleve y rompa la tela que cubre la carne. 

Hago una llamada desesperada para darle cobijo a la soledad, 
me desespero, sigo caminando, la saliva se pone tibia 
pasan los buses con rostros cansados de la dura jornada cotidiana, 
busco números que desahoguen esa lava que recorre el cuerpo, 
siento culpa y no lo puedo soportar. 

Me siento en una banca pensando en seguir atado o en ir y que me bese una serpiente, 
que me bese una gata, que me bese una perra para que todo después del viaje, 
termine en una huida
ellas con la plata y el falso amor, 
yo con la lujuria consumida y tu recuerdo siempre latente en el corazón. 

La fogata


 

Transcurrían los días y tus ojos celestes chocaban conmigo cada día, mientras sonreías yo moría en la timidez que me hacía voltear el rostro para intentar huir de esa desesperación que me provocabas. 


Ahí, nuestras carpas, frente a frente, cada noche la fogata entre los amigos con ese ir y venir de las olas del mar que me hacían imaginar que te quedaba conmigo una noche para liberar todo el deseo que tenía en ti. 


Tu mirada jugaba conmigo  y me dejabas entre ver el escote de tus bikinis cerca mío,  recuerdo ese roce de tus piernas bajo la mesa al almuerzo de cada día y yo, imbécil sin saber que hacer, sin saber enfrentarme a ti, me desesperaba cada noche al interior de la carpa, yo solo y tú al frente, separados por la fogata. 


Un día decidí irme, no sabía cómo decirte que tus ojos me tenían enfermo de sed, de tu cuerpo, de tus muslos, de tus pechos que veía como tesoros cuando salías del mar. 


Me fui del campamento, loco de angustia ya en casa pasaban por mi mente una y otra vez tu figura de mujer, de sirena encantada que no podría jamás tener conmigo. 


Decidí volver. Y ahí estabas a media tarde, cocinando en la fogata y te asombraste tanto que tus ojos parecían gotas de mar que brillaban con el sol. Sonreíste y te quedaste en silencio. No había dudas de que esa noche sería el momento. 


Risas, vodka, cerveza y el calor de la fogata nos acompañaban. Todos se fueron a dormir y así fue como nos quedamos los dos, en una banca y de pronto una ventisca marina nos ató y me preguntaste ¿Volviste por mí verdad? Sí - te contesté- y volvería una y otra vez. 


Caímos en un beso mezcla de mordiscos y de lenguas liberadas dispuestos a quemarnos en esa fogata, me senté tras tuyo en la banca y masajeaba esos pechos que eran dunas calientes, mientras te apretabas más hacía mí y dejabas que toda mi erección pegara en tus caderas. Mordía tu cuello y  ladeabas tus labios, nos besábamos, nos cambiamos de posición, mientras la fogata seguía ahí alumbrando tu mano en todo mi rayo de cabeza palpitante. 


Alguien nos ve - me dice- con voz de gata en celo, semi desnudos y como al ritmo nocturno de las olas del mar caímos al interior de la carpa y nos unimos en una noche de febrero, de pieles quemadas por el sol, de juventud, de alientos ardientes, de mis labios entre tus piernas, de tu boca recorriéndome, para juntos irnos en la madrugada y nos hicimos olas, fuimos peces, fuimos fogata...en tu mirada siempre, el celeste de las olas.


La pieza I

 


La luna, tu piel, tus rizos brillando con la luz de la luna que atravesaba  la ventana de esa pieza de paredes rojas donde se mezclaba la infancia, la adolescencia y en ti mi tronco emergiendo de las venas, deseosa de palparla en tu ternura de fuego intenso. 

Era tu espalda estremeciéndose con la locura de mi lengua que como serpiente te recorría por tu cuello y bajaba por tu espalda para llenarse de fuego entre la carne de tus nalgas palpitantes. 

Tus gemidos eran la aurora en medio de la madrugada y te hablaba al oído si querías todo y me decías que sí ¡Contigo toda la vida!, ¡Te amo, Te amo! al vaivén de tus caderas que se estremecían con el rasguño de mis uñas que te empujaban a mí y hacerte mía, sólo mía, vertiendo en ti la blanca sangre y tu, cerrando los ojos con esa risa ardiente de locura, de vida, de amor sin medida. 


La ciudad

Te escribo desde la soledad quemante, arrinconado entre el recuerdo y el deseo,  todo transcurre confuso,  quisiera estar arriba de un edifi...